Hoy necesito escribir y reflexionar sobre algo que nos ha sucedido esta semana.
De una forma totalmente fortuita nos hemos enterado de que en el colegio de nuestros hijos, y concretamente en la clase de nuestra hija de siete años, un profesor ha tenido ciertas conductas que sólo pueden calificarse como inaceptables e inapropiadas.
Muchos niños son los implicados, entre ellos Isabel… y muchos los padres que a estas alturas aún seguimos noqueados y sin tener muy claro qué pensar. Sin entrar en detalles, en parte porque ha sido muy desagradable y en parte porque estamos deseando pensar en otras cosas, sí me apetece reflexionar un poco…
He sentido esta semana, que mi mundo, tan sustancialmente circunscrito al de los míos, a mis hijos y a mi marido, es más frágil y más vulnerable de lo que pensaba. Y esto, no me ha gustado. Normalmente, me siento fuerte, segura, con los pies en tierra firme… Sé dónde piso, sé quién me quiere (también sé quién no…), y sobre todo sé y valoro todo lo bueno que tengo, haciendo TODO lo que está en mi mano por preservarlo. Dentro de ese TODO, está la burbuja que da título a este post. En esa burbuja viven mis hijos, especialmente Isabel, porque como es lógico, Óscar con sus 15 años ya entra y sale de ella como le viene en gana, y si no fuera así, malo sería.
Isabel vive en un mundo rosa. Toda ella es rosa. A nosotros nos encanta que así sea y parece que de momento a ella también. Su burbuja está hecha de mimos, nubes, arcoiris, unicornios, atenciones y desvelos. Probablemente suene cursi, pero así somos… cursis.
Pero bueno, seguro que cualquiera que seáis padres sabréis de qué estoy hablando… Hablo de cuidar qué cosas ve y escucha, de hacerle sentir constantemente que es lo más importante del mundo, de intentar enseñarle valores y sentimientos y sobre todo, muy sobre todo… de intentar transmitirle seguridad, que sepa siempre qué puesto tan importante ocupa en nuestro mini-mundo, y que sus papás siempre están ahí, que las cosas que le pasen sólo pueden ser buenas, primero, porque intentamos que no se entere de que existen las malas y después, porque aunque se enterara, ahí íbamos a estar nosotros para alejarla de ellas.
Pues bien, siento que esta semana alguien ha llegado y ha estado a punto de pinchar nuestra burbuja. Y eso me entristece tanto como me cabrea. Me entristece pensar que es tan fácil poder pinchárnosla, darme cuenta de que el rosa puede cambiar de color y me cabrea profundamente que un imbécil ajeno a mi mundo, pueda tener esa capacidad. Supongo que sin saberlo yo también me había instalado un poco en el rosa…